Cogí mi polerón, rápido, un minuto más y ya no alcanzaría a llegar a la prueba, corro por el pasaje para llegar al paradero, observo, veo muchas caras conocidas, pero muchas almas extrañas, demasiado como para hablarles. Sigo observando, pasan cinco minutos y allí llega, es él, viene del mismo pasaje de siempre, trae su típico traje formal, un maletín, y siempre con su pequeño chaleco de un color más fuerte que su vestón. Aún no estoy segura de dónde vive, tampoco conozco su nombre, otra alma extraña junto a mi, pero con una cara más especial que el resto. Y no es que sea yo una sicópata o algo parecido, pero como usted entenderá, soy mujer y necesito entretención de vez en cuando, algún coqueteo que quizás y sólo quizás termine en cama, o en un grado menor en algún pub de mala muerte.
Ya por fin viene la micro, espero que el conductor no me haga problema porque mi querido pase esta vacío. Subo esbozando una sonrisa casi angelical, mezclada a una mirada de perra caliente, y como guinda a la torta, pongo mi voz más armoniosa sólo para decir “permiso”, claramente, para que al señor conductor le de pena o crea que lo encontré sexy y desee mirarme el trasero cuando pase, obviamente, sin hacer queja alguna por mi falta de dinero.
“¿Quieres que te lleve el bolso?” Oí salir de sus labios, yo sorprendida no atiné a nada, él sólo lo tomó y lo puso sobre sus piernas mientras yo pensaba en lo tonta que fui por no reaccionar, ridícula, mirándolo como una sicópata violadora durante semanas, y cuando tengo la oportunidad me comporto como una infante enamorada.
Estuve todo el camino recordando la estupidez que hice y en cómo iría mi amor platónico cargado con mi bolso que pesaba como ocho mil kilos. Llegando a su destino se paró y me entregó el bolso, como me había arrepentido todo el camino de mi tonto primer encuentro, decidí que ahora era tiempo de lanzarse más directamente, así que como tenía que pasar por mi para bajar de la micro, accidentalmente lo rocé más de la cuenta con mi trasero, y la verdad es que creo que exageré un poco pues su rostro se transformó de feliz, a asustado, en ese mismo momento lo supe: ya no tendría sexo salvaje con mi hombre del vestón, lo había espantado.

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