Un árbol sacudía sus hojas sin parar,
pues ya era tiempo que cayeran del hogar,
no querían desprenderse de él,
a pesar que debían crujir y dejar de soñar.
Un día decidí ayudarlo,
me senté en su regazo y reí con todas mis fuerzas,
las hojas comenzaron a caer a mis pies,
pero no fue suficiente,
entonces, miré hacia la multitud que me observaba,
todos con caras extrañas,
llamé a un hombre, el único que parecía maravillado,
le hice una mueca graciosa,
rió, rió sin parar,
cayeron tantas hojas que cobijaron nuestro cuerpo,
rió junto a mí incluso más allá del cansancio,
más allá del sueño, más allá de los sueños,
más allá de nuestro ser,
los seres que ya dormían en el regazo de aquél árbol.
